Otra ronda: alcohol, crisis y ganas de vivir un poco más

Hay gente que toma para festejar. Hay gente que toma para olvidar. Y después están estos cuatro profesores, que aparentemente descubrieron que la solución a la crisis de los cuarenta era tener alcohol circulando permanentemente por las venas. La medicina moderna todavía está tratando de entender el método.

Otra ronda parte de una idea bastante simple: cuatro profesores de secundaria deciden probar una teoría que dice que los seres humanos tenemos un déficit de alcohol en sangre y que mantener un nivel constante podría mejorar nuestras vidas. Sí, como lo lees. Y lo más preocupante es que al principio funciona. Al principio.

Los profesores se sienten más seguros, más divertidos, más creativos. Dan mejores clases, se relacionan mejor con sus alumnos y hasta parecen disfrutar un poco más de estar vivos. El problema aparece cuando aquello que parecía una herramienta empieza a convertirse en una necesidad.

Y ahí está lo interesante de la película. Porque no habla solamente del alcohol. Habla de la rutina. De llegar a una edad en la que un día se parece demasiado al anterior y empezás a preguntarte en qué momento dejaste de disfrutar las cosas. Una pregunta bastante incómoda, porque nadie quiere hacerse preguntas profundas un martes a las ocho de la mañana. Clavarte un vino tampoco es la solución. Sigamos con el café con leche.

El alcohol funciona como una especie de interruptor. Lo prende y cambia todo. Pero también muestra algo bastante triste: quizás estos tipos no necesitaban tomar para ser mejores. Quizás necesitaban sentirse vivos otra vez.

La película tampoco cae en el sermón fácil de “el alcohol es malo”. Eso ya lo sabemos. También sabemos que dormir ocho horas hace bien y, sin embargo, ahí estamos mirando el celular a las dos de la mañana como si un video de un gatito bizco fuera a resolver nuestra existencia.

o interesante es que la película muestra las dos caras. Al principio, el alcohol libera. Después empieza a cobrar. Y cuando cobra, no acepta cuotas. La quiere toda junta. Viva.

La actuación de Mads Mikkelsen es excelente. Su personaje empieza casi apagado, como si estuviera cumpliendo una rutina que ya no le pertenece. Y de a poco aparece otra persona. No necesariamente una persona mejor. Una persona más libre. El problema es que esa libertad viene acompañada de una botella. Y orina en los pantalones. No digo pis, digo orina.

También me gusta que los cuatro personajes reaccionen de manera diferente. Porque no todos toman por lo mismo ni buscan lo mismo. Uno quiere recuperar su matrimonio, otro quiere mejorar su trabajo, otro simplemente quiere sentirse más seguro. El experimento es el mismo, pero cada uno está tratando de solucionar un problema diferente.

Y ahí la película se vuelve bastante más profunda de lo que parece. Porque cuando encontrás algo que te hace sentir mejor, existe la tentación de pensar que encontraste la solución. Aunque esa solución venga en una botella y venga con el titulo de adicción.

Otra ronda habla de los excesos, pero también habla de la vida. De esa necesidad que tenemos de salir de la rutina, de equivocarnos, de hacer algo absurdo y volver a sentir que estamos acá.

Y el final es perfecto para eso. No te da una respuesta cerrada. Te deja con una sensación extraña, entre la alegría y la tristeza. Como la vida misma, que nunca se decide por un solo género. Que profunda esta nota.

No es una película que te dice que tomes. Tampoco es una película que te dice que no tomes. Es una película que te pregunta qué estás haciendo con tu vida cuando ya no necesitás una excusa para festejar, pero tampoco encontrás un motivo para hacerlo.

Y quizás ese sea el verdadero problema. No cuánto alcohol tenemos en sangre, sino cuánto entusiasmo nos queda. Lo importante es que no se lo tomen a mal. Cuac!.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *