Vi Un cuento de dos hermanas hace un rato. Otra vez. Debe ser la cuarta o quinta vez en mi vida, y cada vez me pasa lo mismo: termino la pelicula con la garganta un poco apretada y sin poder explicar del todo por qué. No hay un solo momento en la película donde alguien se abra al medio. No hay tripas, no hay chorros de sangre digital, no hay ese primer plano gratuito de un órgano que en el terror gringo ya funciona casi como puntuación. Y sin embargo esta película me perturba muchísimo más que la mayoría de esos festines viscerales que consumí religiosamente en mi adolescencia.
Creo que ahí está el asunto.
El terror norteamericano, en general tiende a resolver el miedo mostrándolo. Te lo mastica. Te dice: mirá, esto es lo terrible, acá tenés la evidencia física, disfrutá el asco. Es un pacto bastante honesto en realidad: vos pagás la entrada y el estudio te devuelve efectos especiales. Nada de malo en eso, lo consumí y lo voy a seguir consumiendo con gusto, total para eso está el pochoclo.
Pero Un cuento de dos hermanas hace otra cosa. Kim Jee-woon no necesita mostrarte nada para que el cuerpo se te ponga rígido. Hay una escena, no la voy a spoilear del todo porque igual la sorpresa acá no es la vuelta de tuerca sino cómo se siente, donde el terror pasa por lo que NO se ve del todo, por un ángulo raro de cámara, por un silencio que dura un segundo de más. La cámara se demora en un pasillo vacío y ya esta. Eso alcanza. Y en consecuencia el miedo no se te va cuando termina la escena, porque tu cerebro sigue completando lo que la imagen dejó afuera.
Ahí es donde lo visceral, con toda su generosidad visual, en realidad te hace un favor: te da un límite. Te muestra el monstruo y una vez que lo viste, ya está, lo procesaste, podés archivarlo. La sutileza asiática no te da ese cierre. Por eso me quedo despierto escribiendo esto a las tres y media en vez de durmiendo como una persona normal.
Hay algo también en cómo la película trabaja el color y los espacios domésticos, esa casa enorme, esos empapelados con flores que deberían ser acogedores y terminan siendo asfixiantes. El horror doméstico coreano no necesita un demonio ni una casa embrujada con arquitectura gótica. Le alcanza con una familia que no se habla.
La película me encantó, eso seguro. Lo raro es que «encantar» y «no poder dormir» terminen siendo, en este caso, más o menos lo mismo.
