Volví a ver Batman Inicia desde el sillón de casa, y esta vez la vi con otros ojos, porque ya sabía perfectamente lo que venía después. Y ahí está la gracia de revisitar esta película: se disfruta distinto cuando ya conocés El Caballero de la Noche y La Leyenda Renace, porque de golpe cada escena aparentemente tranquila de esta primera parte se revela como una pieza puesta con una paciencia bastante inusual para el cine de superhéroes.
Porque seamos honestos: si a alguien le preguntás cuál es su Batman favorito de la trilogía, casi nadie contesta esta. La gente se acuerda del Joker de Heath Ledger, se acuerda del caos de la segunda parte, de esa energía eléctrica que tiene la secuela. Batman Inicia, en cambio, tiene fama de ser la «tranquila», la necesaria pero menos emocionante, el trámite que hay que ver antes de llegar a lo bueno.
Y sin embargo esa fama es, me parece, un poco injusta, porque confunde tranquilidad con debilidad.
Las trilogías bien hechas —y esta es de las pocas que realmente lo está— entienden algo que muchas franquicias actuales, ansiosas por meter acción en cada minuto, no entienden: la primera parte no tiene que ganar por knockout. Tiene que construir el ring. Nolan se toma el tiempo para explicar por qué Bruce Wayne se convierte en Batman, y no de forma apurada, sino con capas: el miedo infantil a los murciélagos, la muerte de los padres, el entrenamiento con Ra’s al Ghul, la relación con Alfred, la ciudad de Gotham entendida casi como personaje propio y no solo como escenografía. Nada de esto es urgente por sí mismo. Pero todo esto es lo que hace que el Joker de la segunda parte funcione tan bien: porque ya sabemos exactamente qué código moral viene a desafiar.
Es como cuando estás armando un mueble complicado y la primera hora es puro atornillar piezas que no parecen hacer nada solas. Nadie disfruta esa hora. Pero si te salteás ese paso, el mueble se cae en la segunda semana.
Ahí está lo que más valoro de esta película en esta revisión: Nolan no tiene apuro. Hay escenas enteras dedicadas solo a establecer el funcionamiento interno de Wayne Enterprises, a mostrar la corrupción policial de Gotham en detalle, a presentar personajes secundarios como Gordon que en la primera parte apenas asoman pero que en la segunda y tercera se vuelven centrales. Todo esto podría sentirse como relleno en manos de un director menos disciplinado. En manos de Nolan, es cimiento.
Su recompensa no está completamente en la propia película: está distribuida en las tres. Es una entrega que trabaja para el futuro más que para el presente, algo bastante raro de encontrar en el cine de estudios grandes, donde cada parte suele estar obligada a justificarse sola en la taquilla del fin de semana de estreno.
No sé si esto la convierte en mi favorita de la trilogía —probablemente siga sin serlo, El Caballero de la Noche pesa demasiado como para competir—. Pero sí me hizo entender por qué, cada vez que empiezo el maratón de las tres películas desde el sillón, siento que esta primera parte se disfruta más sabiendo hacia dónde va todo. Es de esas películas que ganan puntos con el tiempo, en retrospectiva, más que en el momento mismo de verla.
En la secuela, todo es mejor, si. Hasta le cambian la novia a Bruce.
