Son casi las dos de la mañana y acabo de terminar de ver Amélie por enésima vez, y esta vez algo hizo clic distinto en mi cabeza, algo que no me había pasado en los visionados anteriores, más adolescentes, más rendidos ante la estética. Porque seamos honestos: es una película hermosa. La fotografía en tonos ocres y verdes, la música de Yann Tiersen que ya es casi de dominio público en la cabeza de cualquiera que haya visto un trailer de película francesa, el Montmartre de cuento. Todo eso funciona perfecto. Nadie discute eso.
Pero esta noche, no sé por qué, me puse a pensar en lo que realmente hace Amélie a lo largo de la película, despojado de la música y del maquillaje visual, y la cosa se pone rara.
Amélie entra a la casa de gente sin que se lo pidan. Reorganiza objetos ajenos. Le arma emboscadas emocionales al verdulero cruel devolviéndole su propia crueldad de formas elaboradas y un poco perturbadoras si lo pensás fríamente. Le hace creer a la vecina que su esposo muerto le dejó una carta que en realidad escribió ella. Sigue a un hombre por medio París para devolverle una caja, en vez de, no sé, tocarle el timbre. Cada gesto está filmado como travesura adorable, con esa vocecita en off que te explica sus pensamientos internos, y por eso lo aceptamos sin chistar. Sin embargo, si sacás la voz en off, el decorado, los colores cálidos, y dejás solo la conducta cruda, tenés a alguien que interviene sistemáticamente en la vida de desconocidos sin consentimiento, con una intensidad bastante cercana a la vigilancia.
Ahí está el truco de la película, creo. Jean-Pierre Jeunet nos hace cómplices de Amélie antes de que podamos juzgarla, porque nos mete adentro de su cabeza primero. Vemos su infancia solitaria, la madre muerta, el padre distante y ese termómetro absurdo como única forma de contacto físico que tuvo de chica. Para cuando ella empieza a meterse en la vida de los demás, ya la queremos, ya entendimos por qué es así, y en consecuencia le perdonamos comportamientos que en cualquier otro personaje —pensemos en un tipo, por ejemplo, siguiendo mujeres por la calle «para ayudarlas en secreto»— nos parecerían señales de alarma bastante serias.
No sé si esto le quita mérito a la película. Probablemente no.
Es más: creo que ese es justamente el logro narrativo. Jeunet toma una conducta que en el mundo real preferiríamos evitar —la intromisión constante, el control silencioso de las narrativas ajenas, la incapacidad de vincularse directamente en vez de por intermediarios y trucos— y la transforma en una fábula sobre la timidez y la soledad. Amélie no es peligrosa porque quiera hacer daño. Es peligrosa, si acaso, de la forma en que son peligrosas las personas que no saben pedir lo que necesitan y entonces construyen elaborados sistemas indirectos para conseguirlo sin arriesgar el rechazo cara a cara.
Y lo más gracioso es que la propia Amélie logra llegar al corazón de Nino a través de un juego de pistas, fotos rotas, mensajes indirectos. La única forma en que Amélie puede aceptar el amor es disfrazado del acertijo. Es una película sobre una chica que no puede relacionarse directamente con nadie, contada como si eso fuera lo más romántico del mundo. Y funciona. Vaya si funciona.
Quizás la respuesta a la pregunta del título no es ni una cosa ni la otra, sino las dos al mismo tiempo, sin resolver del todo, como casi todo lo interesante. Encantadora y un poco inquietante. Adorable y evasiva. Una película que amo profundamente y que, si la analizo mucho más a las cinco de la mañana, capaz mañana ya no la puedo disfrutar igual. Mejor la dejo acá. Chiflada o dulce?.
