Volví a ver Otra ronda, y esta vez algo que venía pensando de antes me cambió el eje entero de cómo la miré. Porque la primera vez que la vi pensé «che, estos tipos están bien, y aun así necesitan hacer una pavada». Pero no. Me equivoqué. No están bien. Están atascados, que es una cosa bastante distinta y mucho más triste.
Ahí está la corrección que me tuvo dando vueltas media película.
Martin da clases hace veinte años. Sabe la materia de memoria, tanto que ya ni la siente propia, la recita. Sus alumnos no le prestan atención y él tampoco parece esperar que se la presten. En casa, su mujer trabaja de noche y él ni se entera bien de los horarios: se cruzan por el departamento como dos compañeros de piso más que como una pareja.
Nada de esto es una crisis. Nadie grita, nadie da un portazo, no hay una escena de ruptura que uno pueda señalar con el dedo. Es más bien un desgaste lento, silencioso, del tipo que no deja marcas visibles y por eso mismo es más difícil de nombrar.
Y ahí lo interesante: si no podés nombrar lo que está roto, tampoco podés repararlo.
Por eso el experimento con el alcohol no nace, como pensé al principio, de tipos que estaban bien y decidieron arruinarlo por puro hastío existencial. Nace de otra cosa, más torpe y más humana: necesitan algo externo que los saque de la inercia, porque desde adentro no encuentran la llave.
La teoría noruega esa del nivel óptimo de sangre alcohólica es, en el fondo, una excusa con forma de manual académico para intentar romper un pozo del que no saben salir solos. Es casi conmovedor lo mal encausado que está el intento. Como querer arreglar una cañería con un martillo, pero bueno, es lo que tenían a mano.
Lo curioso es que al principio funciona. Martin mejora en clase, se reconecta con su mujer, el matrimonio parece despertar de la nada. Sin embargo ahí está la trampa: una vez que encontrás algo, lo que sea, que te saca de la inercia, es carísimo dejar de usarlo. El límite justo no existe, o existe un segundo antes de cruzarlo, y para cuando te diste cuenta ya lo cruzaste hace rato.
Entonces el eje cambia, pero no se rompe: siguen siendo hombres que no toleran cierto estado de sus vidas, sí, pero ese estado no es paz genuina como pensé al principio. Es el silencio incómodo de haber dejado de participar en la propia vida hace ya bastante tiempo.
La pavada del alcohol no es «no puedo estar bien sin hacer una estupidez». Es más triste todavía: es «no sé cómo salir de este pozo, así que voy a probar cualquier cosa, aunque sea ridícula, aunque sea con estudiantes universitarios de testigos».
El final —alegría y tragedia mezcladas, sin que la película te diga cuál pesa más— tiene más sentido ahora. Vinterberg no filma la reconciliación de un hombre que estaba bien. Filma a alguien que, por un rato, gracias a un método absurdo y peligroso, vuelve a sentir que participa de su propia vida. Eso explica por qué el final es hermoso y angustiante al mismo tiempo, y por qué uno sale de la película sin saber bien si alegrarse o preocuparse.
