El sentido de la fiesta: el caos que nadie ve desde la pista

Detrás de cada fiesta perfecta hay alguien sosteniendo el desastre con las manos, y esa persona nunca sale en la foto ni recibe un brindis por eso.

No puedo dormir y en vez de contar ovejas terminé pensando en Max, el organizador de casamientos de El sentido de la fiesta, hundido en el sillón como estoy yo ahora mismo. Qué personaje. Un tipo que pasa la película entera apagando incendios —literales, en un momento— para que doscientos invitados crean que todo fluyó solo, que la orquesta llegó a horario, que el brindis salió espontáneo. Mentira total. Y ahí está la gracia.

La película agarra ese instante exacto en el que la maquinaria se rompe atrás del telón y decide quedarse ahí, en bambalinas, en vez de mostrarnos la fiesta linda que ven los novios. Uno espera la comedia de enredos de casamiento francés, con manteles blancos y violines, y en cambio te clavan cuarenta minutos de gente corriendo por pasillos de servicio tratando de que nada se note. Es más backstage que front of house, por decirlo con términos que seguro nadie en la fiesta real entendería.

Lo que más me quedó dando vueltas es esto: Max controla absolutamente todo salvo lo único que le importaba controlar, que era su propia vida. La organiza a otros la boda perfecta mientras la suya, en sentido amplio, se le desarma en las manos. Ironía berreta si la escribo así, lo sé, pero en la pantalla funciona porque el tipo no se da cuenta, o se da cuenta a medias, que es peor todavía.

Hay una escena con el mozo nuevo, un pibe que arruina cada bandeja que toca, y que en un momento se convierte sin querer en el espejo de Max: los dos improvisando sobre el desastre, fingiendo que saben lo que hacen. Me reí bastante ahí. No es un chiste de guion, es más una observación incómoda sobre cuánto de la vida adulta es eso nomás: fingir competencia en tiempo real.

Sin embargo la película no te deja quedarte solo con la carcajada. Por eso, cuando llega el final —que no voy a spoilear, aunque tampoco es que haya vuelta de tuerca digna de thriller— lo que queda no es alivio sino una especie de cansancio dulce. Como si hubieras estado ayudando a armar la fiesta vos también, desde el sillón de tu casa, sin que nadie te invitara.

No sé si es una obra maestra. Probablemente no. Pero hay algo en esa decisión de mostrar el engranaje sucio detrás de la ilusión que me pareció más honesto que la mayoría de las comedias románticas que fingen que el amor y las bodas se arman solos. En consecuencia, la recomiendo, aunque sea para que alguien más se quede despierto pensando en Max y en todos los Max que sostienen fiestas ajenas mientras la propia se les cae encima.

Mañana capaz lo pienso distinto. Ahora, a las cansadas, me quedo con eso.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *