Hoy volví a poner ¿Y dónde está el piloto? porque no podía dormir y necesitaba algo que me hiciera reír solo, en la oscuridad, como un loco. Y funcionó. Me reí fuerte, de esas carcajadas que uno intenta ahogar para no despertar a nadie y fracasa estrepitosamente.
La vi mil veces de más chico, en cine, VHS, doblada, cortada por publicidad. Ahora la vi entera, en versión original, y hay algo que se me hizo insoportablemente evidente: esta película no le tiene miedo a nada. A nada. Se ríe de la religión, del suicidio, de la adicción, de estereotipos raciales que hoy generarían un hilo de Twitter de cuarenta tuits, se ríe literalmente de un avión estrellándose con pasajeros aterrorizados adentro. Y lo hace con una liviandad tan absoluta que uno no sabe si horrorizarse o aplaudir. Yo aplaudí.
El humor de ahora viene con edulcorante de fábrica. Viene testeado. Viene con un departamento legal detrás preguntándose si el chiste sobre tal grupo va a generar más clics negativos que positivos. En consecuencia el chiste pierde filo antes de nacer. Se poda solo. Es un chiste que ya se disculpó internamente antes de llegar a la pantalla, y por eso muchas veces ni siquiera hace gracia.
Hay un gag en la película, uno de los mil que tiene por minuto, donde el humor no depende de ofender a nadie en particular sino de la pura estupidez del absurdo llevado al extremo sin ningún tipo de freno de mano. Ese tipo de chiste, el absurdo puro, sin blanco, sin agenda, también escasea hoy, aunque por otra razón: porque el humor actual necesita significar algo, tener una lectura, dejar un mensaje. Y a veces el chiste solo quiere ser tonto. Solo eso. Nada más.
Este film confía en que el espectador va a entender que es joda, que nadie la dice en serio, que reírse de algo terrible no es lo mismo que celebrarlo. Esa confianza básica entre quien hace el chiste y quien lo escucha parece haberse roto en algún punto del camino, y ahora todo chiste necesita un cartel de advertencia previo. Una red.
No sé bien cómo cerrar esto, la verdad, y capaz por eso mismo tiene sentido no cerrarlo del todo: me hizo reír una película de hace más de cuarenta años más de lo que me hizo reír casi cualquier comedia de este año. Ahí queda la pregunta, sin resolver.
